
Un contundente informe presentado ayer por el ministro irlandés de Justicia, Dermot Ahern, demuestra que tanto la Iglesia católica irlandesa como el propio Estado, han estado durante décadas ocultando centenares de casos de abusos a menores, por lo tanto apañándolos.
Los casos denunciados ocurrieron entre 1975 y 2004. No hablamos de problemas sucedidos en la Edad Media, hablamos de algo ocurrido ahora.
Cuando las víctimas, todos menores de edad, se atrevían a denunciar los aberrantes actos cometidos por los sacerdotes católicos, la policía se lo comunicaba a las autoridades de la institución y simplemente no investigaba nada más. El poder de la iglesia era de tal magnitud que así se manejaban.
Las autoridades eclesiásticas hacían lo que mejor les parecía: proteger su prestigio, sin tener la menor consideración con las víctimas. Los pederastas eran trasladados de parroquia en parroquia y nada más. Solo aumentaban el número de victimas, pero el prestigio quedaba intacto.
Ni siquiera tenían la consideración de sacar esos curas depravados del contacto con la gente, ni hablemos de denunciarlos. Lo importante es evitar el escándalo, nada más.
La máxima autoridad de esa iglesia en Irlanda, el arzobispo de Dublín, Diarmuid Martin, ha dicho ayer, frente a este informe, que “Ninguna palabra de disculpa será suficiente”. Tiene razón, no es suficiente.
Los delincuentes son eso, delincuentes. Ahora es necesario juzgar a los sacerdotes violadores y a todos los cómplices que los encubrieron, sean quienes sean.
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